Tuesday, April 3, 2012

¿Qué haces con tu vida? [SexoSentido, la revista · Abril*]

¿Qué estoy haciendo con mi vida?
Esa fue la pregunta que vino a mi mente de inmediato la noche en que vi en los “Critic’s Choice Awards” a George Clooney presentarle a Sean Penn un premio honorario por su trabajo en Haiti mientras Brad Pitt aplaudía de pie.
Evidentemente cambiaría mi carrera sin pensarlo por la de cualquiera de estos tres extraordinarios actores, cuyos trabajos han modelado un inalcanzable patrón para todos los que compartimos oficio con ellos. Pero más allá de sus logros profesionales, sus logros humanos emergen para darle al planeta (y presentarme a mí esa noche)  una lección difícil de digerir.
Es normal que cada vez que Angelina Jolie aparece en medio de un campo de refugiados, hermosa como pocas, conmovida auténticamente y efectivamente haciendo algo por el mundo, alguna imbécil tenga la urgencia de decir, mientras se retoca las raíces en la peluquería, que la tipa es una robamaridos anoréxica. Cada vez que Sean o Clooney aparecen en Haiti o Darfur en evidente acción para ayudar a un desvalido o detener un genocidio, algún eyaculador precoz tiene la urgencia de decir, mientras campanea un güisqui sobre su prominente panza, que uno es un comunista y el otro un maricón de closet. Y así vamos continuamente, juzgando desde la superficialidad y la estupidez a los que son mejores que nosotros (y más bellos, y más talentosos, y más ricos, y muy superiores en todo el sentido de la palabra).
Ese juicio que parecemos necesitar para poder seguir viviendo inmersos en nuestros fracasos y miserias, suele ser lo suficientemente notorio como para provocar largas charlas que disimulen lo que somos y corran una pesada cortina ante la pregunta necesaria.
¿Qué, pues, estamos haciendo con nuestras vidas?
No me refiero a por quién estamos votando, con quién nos estamos acostando o a quién le estamos rezando, esa, por favor, no es la ruta que me interesa.
Si vemos las vidas de los tres caballeros: un soltero empedernido y gozón, un divorciado atormentado de izquierdas o un guapetón casado y padre de siete, es evidente que no importa ninguna de las tres preocupaciones básicas de los “nadie”, esos que van por la vida en la especulación constante sobre las posturas políticas, preferencias sexuales o creencias religiosas de sus semejantes para clasificarlos y definir si están con ellos o en su contra. Esa necesidad tribal del chismecito y la etiqueta no es relevante en lo absoluto. Uno vota una vez cada cuatro años, fornica (con suerte) una vez a la semana y reza (si es un hombre/mujer de fe) si acaso una vez al día. Ninguna de las anteriores es “lo que somos”,mucho menos “lo que hacemos con nuestra vida”. No somos tampoco lo que decimos ser, que para eso, por favor, basta que le eches un vistazo objetivo a tu vida y a lo que dices que tu vida es.
Nuestras acciones y decisiones, en cambio, sí: somos lo que construimos y dejamos como evidencia, nada más.
¿Qué estamos haciendo entonces realmente con nuestras vidas?
¿Estás satsfech@ con le que dejas construido como legado?
¿No deberíamos estar haciendo algo más? 

Carta del Editor
Sexo Sentido, La Revista
Abril 2012

*más de Sexo Sentido Abril ¡ya en quioscos!

Saturday, March 3, 2012

De visita al REHAB

Este mes tengo en temporada una nueva obra. Se trata de un drama titulado HIGH (ALTO) que Mimi y yo vimos en Broadway y nos animamos a comprar y producir en Venezuela.
Para nosotros, que vivimos tanteando al público y sus deseos, no es fácil dar con buen material, pero en cuanto vimos el trabajo de Kathleen Turner, la protagonista de la pieza en Broadway, y escuchamos el planteamiento del autor, supimos que era algo importante, tal vez no complaciente o no lo que nuestro público espera, pero necesario, sin duda, y apostamos por esto.
La obra gira en torno a las adicciones, al alcohol, a las drogas, al sexo (todos tenemos una, y los que dicen que no son los que están peor) y la fe (o la falta de ella) como ingrediente crucial en todo proceso de rehabilitación. Todo esto, claro está, barnizado con el humor ácido y el sarcasmo necesario para tolerar la vida, que ya de por sí es suficientemente ruda, y apuntalada con profanidad, sexo y violencia, como lo está la vida de todos aunque lo neguemos.
Obsesivo, compulsivo, adictivo como soy, pues, me puse a hacer mis deberes en función de dirigir esta joyita que remueve al más pintao, y me embarqué junto con Mimi, Carlota Sosa, Christian McGaffney y Rafael Romero (valientes de escenario como pocos que conozco) en este viaje que nos pedía, exigía, volar ALTO. Y como nada es casual, sucedió que el proceso nos tocó a fondo, y al menos en mi caso me cambió (como suele suceder en todo trabajo que no nos queda otra alternativa que enfrentar).
Para los que nos hemos entrenado a ver y leer entre líneas, HIGH nos da varias claves importantes que hoy quiero compartir con ustedes.

 Luis Fernández y Christian McGaffney en una escena de HIGH

Tu secreto mejor guardado
Decía “El Talentoso Señor Ripley” que todos tenemos un cuarto en el que guardamos nuestros secretos oscuros y que cerramos con llave... Allá en el fondo, muy bien guardado y enmascarado, probablemente vergonzoso e inconfesable, al menos uno de esos secretos permanecerá escondido durante toda nuestra vida. Ese secreto, que de tanto cubrir con cientos, miles, un millón de cosas y excusas, a veces incluso a nosotros mismos nos parece que ha desaparecido, no sólo siempre está allí, como al asecho, sino que es justamente el gran secreto que define lo que somos. Exponerlo no es casi nunca una opción, pero supongo que enfrentarlo en privado, conocerlo y reconocerlo, aunque sea para devolverlo a su escondite, me parece hoy algo imprescindible para lograr un mínimo de coherencia en nuestra vida.
Tú te preguntarás ¿qué es lo que tu pareja, tu hijo, tu madre puede estar escondiéndote? ¿qué es eso tan grave y vergonzoso? Y yo te responderé, ¿cuál es el tuyo? No porque quiera que me lo digas, sino porque tú deberías saberlo.
Luego vuelve a guardarlo. Un mundo en el que todos fuéramos con nuestros secretos expuestos sería un mundo de locos intolerable.
Así que cada vez que te encuentres en la tentación de decir que entre tu amado y tú no hay secretos, desiste de mentir y mentirte con algo que es un imposible, aunque soñemos con que alguien dé con la llave y abra la puerta y vea lo que somos realmente y aún así, por encima de todo eso, nos ame.

Carlota Sosa como la Hermana Helena y Christian McGaffney como Andy en HIGH

A veces gana la conciencia, a veces gana el sobreviviente
El auge de la autoayuda, los mil y un caminos espirituales de nuestro tiempo tan perdido y pagano, el sinfín de fórmulas y recetas ofrecidas por los autores de best-sellers, nos han venido mostrando diversas definiciones de eso que llaman “la conciencia”. Y es probable que gracias a esta influencia de vez en cuando actuemos de forma “conciente” o al menos nos demos cuenta de cuando estamos en falta. Sin embargo, la vida no es sólo eso. Siempre hay un balance entre la verdad y la mentira. Muchas veces una verdad será reprimida y con miras a la supervivencia se dirá una mentira. “Todos lo hacemos, y todos lo negamos y todos nos juzgamos los unos a los otros por hacer exactamente lo mismo”, dicen en HIGH. Y es cierto. Bueno sería entenderlo para no perder tanto tiempo valioso apuntando a terceros por algo que de inmediato hacemos nosotros.
Aceptar que NO somos buenos, al menos no tanto como queremos pensar que somos y ciertamente mucho menos de lo que le hacemos creer a los demás, me parece hoy un paso importante en el camino.

El Padre Miguel y la hermana Helena discuten sobre el futuro de Andy

Alcanzar la sobriedad
La sobriedad normalmente la entendemos en relación al alcohol y parecería algo sencillo, incluso obvio para los que no toman, pero si la extendemos a todo lo demás, si la comprendemos como sinónimo de cero chisme, impecabilidad en la palabra, erradicación de malos hábitos, en fin, verticalidad ética en nuestra vida diaria, la sobriedad resulta tan necesaria como difícil de conseguir.
Más aún, suponiendo que nuestra conciencia logra poner cierto orden y logramos desarrollar la voluntad necesaria para alcanzarla con mucho esfuerzo, una vez lograda veremos que alcanzar la sobriedad es la parte sencilla. Mantenernos sobrios es lo que resulta casi imposible.

El hecho es que ser parte de esta obra, que por cierto tienes que ir a ver en el Teatro Trasnocho esta temporada, me ha clarificado sin tregua varios puntos necesarios en eso que unos llaman rehabilitación y que yo prefiero bautizar como el proceso de convertirnos en la mejor versión posible de nosotros mismos.
Por ahora les confieso que si bien estoy haciendo mis deberes, me perdonarán los místicos del teatro y los “rehabilitados” de rigor, pero no puedo mirarme en este espejo que me pone HIGH al frente sin vodka cerca. No estoy aún tan elevado o no me se engañar a tal punto.




HIGH [ALTO] de Matthew Lombardo se estrenó en Broadway en Marzo de 2011. Mimi Lazo produce esta versión en el Teatro Trasnocho, bajo la dirección de Luis Fernández con Carlota Sosa, Christian McGaffney, Rafael Romero y Luis Fernández. 

Tuesday, February 21, 2012

HIGH [ALTO] el nuevo fenómeno de la escena en Venezuela


una obra de Matthew Lombardo
una producción de Mimi Lazo
dirección Luis Fernández
con 
Carlota Sosa
Christian McGaffney
Luis Fernández


Ambiente Familiar


La familia, escuché decir estos días, es ese grupo de personas con las que normalmente en tu vida no te relacionarías ni tendrías interés alguno en conocer, pero que por ataduras genéticas y condicionamientos sociales no tienes otra alternativa que soportar.
La afirmación, por supuesto, me sonó radical y despiadada, pero por alguna razón permaneció rondando en mi mente, como cuando te revelan una gran verdad que de ninguna manera estás dispuesto a reconocer.
Por semanas, todo lo que me rodeaba, los temas de conversación de mis amigos, las películas que veía, las noticias que me interesaban, de una u otra manera terminaban girando alrededor del tema, y supe entonces que no era una coincidencia: la gente, mucha más de la que uno se imagina, está urgida por entender, resolver y liberarse de su respectivo “ambiente familiar” en una búsqueda instintiva de una mejor familia.
Causalmente analizaba, pues, como tarea de mi taller de guión cinematográfico, la historia de El Padrino, y me di cuenta sin esfuerzo que la película nos gusta, no porque se trate de una excitante historia de criminales, pues con eso no nos identificamos demasiado normalmente, El Padrino es un clásico porque se trata de la historia de una familia, en la que todos son corruptos y asesinos, sí, pero también una en la que prevalece, por encima de todo, la lealtad. Eso es algo que si no tenemos en nuestras familias, deseamos con vigor, de manera que una pequeña familia clase media de Caracas puede empatizar y comprender a niveles profundos el funcionamiento y las decisiones de una familia de la mafia en Nueva York en 1970, quererlos sin juzgarlos y apostar por el éxito de sus crímenes sin mayor dificultad.
Los Corleone permanecían unidos a lo largo de las 3 horas del film por sus “valores” familiares, los datos estables que todos en el grupo creían (reales o no, pero estables para todos) y alrededor de los que se organizaban como un sólido núcleo que podía luchar contra el mundo.
Comprendí entonces que si tomamos una familia cualquiera, la tuya o la mía, formada por individuos sumamente disímiles con sus disfunciones particulares, sus ambiciones diversas y sus metas divergentes, como no es lógico que permanezcamos naturalmente unidos, tenemos que, como los Corleone, fabricarnos una serie de datos estables, acuerdos específicos que no importa si se ajustan a la realidad, pero que son los mismos para todos los miembros del grupo. Mantener constantes estos acuerdos a lo largo de los años es lo que, más allá del amor o del “llamado de la sangre”, nos mantendrá unidos.
Resulta muy fácil entonces entender los roles de cada quién en el grupo, el por qué generación tras generación siempre hay una tía mala, un hermano egoísta, una madre sacrificada, un hijo con problemas. No es que realmente sea la tía mala o la madre abnegada o que tenga problema alguno el mequetrefe, pero es vital que todos crean que eso es así para mantener a la familia unida. El hijo siempre tendrá “problema” para darle sentido al “sacrificio” de la madre que a su vez le dará justificación perfecta a la “maldad” de la tía en una dinámica infinita que se vuelve el cemento que une los bloques del gran muro que define a ésta o aquella familia.
No obstante, no es nada sencillo aceptar que la primera frase de este escrito es cierta y que no es el amor de familia lo que nos une realmente. Si fuéramos de reunión en reunión confrontando a nuestra familia con esta realidad y haciéndoles ver que el amor, la solidaridad, la lealtad sucede unas veces más que otras entre unos pocos pero no son lo “valores familiares” que nos unen como a los insignes Corleone, arruinaríamos sin remedio toda fiesta familiar. No es, como la mayoría de las verdades en la vida, algo que nos gustaría asumir, mucho menos algo que haríamos público y notorio. No se vería bien. No nos dejaría bien parados, y nuestra familia, en un acto instintivo de supervivencia como clan, fabricaría un nuevo dato instantáneo que nos separe del grupo para que éste pueda seguir existiendo como siempre.
Preferimos por lo general soportar las reuniones familiares con alcohol, limitarlas a las estrictamente necesarias, fingir que somos una familia muy unida y ejemplar, aunque tengamos que cargar a escondidas con incómodas verdades, culpas secretas y resentimientos inconfesables. Lo normal en una familia promedio. O elegir otra familia de amigos que sí nos ama y nos es leal porque les da la gana y no porque es su obligación.
Ahora bien, animado por Coppola y con profunda envidia de Pacino, ya no por su carrera, sino por su criminal, leal e incondicional familia, me imaginé un plan de acción. ¿Qué tal si nos envalentonamos y salimos de una vez y cuanto antes de ese closet familiar? ¿Qué tal si revisamos los datos estables de nuestro núcleo y nos replanteamos los acuerdos? Podríamos tal vez dar con nuevos y más constructivos, aunque incómodos, datos alrededor de los cuales nos podríamos organizar un poco más funcionalmente.
Podríamos por ejemplo comenzar asumiendo que ni nuestros padres ni nadie más tiene culpa alguna sobre nuestras frustraciones y fracasos. Si entendemos que no hay otro responsable de nuestras vidas que nosotros mismos, daríamos un buen primer paso, para luego, sin culpas ni remordimientos decirle por ejemplo a la madre que eso que parece un sacrificio es lo que a ella más le gusta hacer, así que puede hacerlo sin poner cara de drama para manipularnos. Podríamos encontrar que nada de lo que ha hecho la malvada tía es realmente malo y que se puede quitar la etiqueta que ya no le va. Podríamos ponerle un parao al hermano y decirle que su problema es que es un flojo y un cómodo, y mandarlo a trabajar. Tal vez no sea una tarea fácil, tampoco será bienvenida, pero sería liberadora.
No “caemos” en nuestras familias por accidente. Tampoco se da el amor automáticamente por compartir parte del ADN. Y para ser verdaderamente familia tenemos que replantearnos continuamente los acuerdos, actualizarlos en la medida de nuestros cambios individuales y ser los que somos, ni más ni menos.
Claro también podríamos olvidarnos de todo esto, pensar que la afirmación que inicia este escrito es la de un cínico sin remedio, ponernos las máscaras de “familiares amorosos” para ir a la fiesta y seguir así viviendo en familia... y en negación.

Sunday, December 18, 2011

HIGH [ALTO]


CARLOTA SOSA
CHRISTIAN MCGAFFNEY
RAFAEL ROMERO
LUIS FERNÁNDEZ

EN



                           
HIGH [ALTO]

UNA OBRA DE MATTHEW LOMBARDO
UNA PRODUCCIÓN DE MIMI LAZO
DIRECCIÓN LUIS FERNÁNDEZ

HIGH ES EL PRELUDIO A UN ATAQUE DE PÁNICO, POR LO QUE NO QUISIÉRAMOS ENFRENTAR, Y FINALMENTE ES REDENCIÓN Y PERDÓN. EN CUANTO A MÍ, ME ES TAN DURA, CRUEL Y REAL, QUE ME SIENTO VALIENTE TAN SÓLO PERMITIENDO QUE HELENA ME HABITE TEMPORALMENTE. 
CARLOTA SOSA [HELENA].

LLEVAR UN SINFÍN DE EMOCIONES Y VIVENCIAS, DENTRO Y FUERA DEL PERSONAJE, CON LA NECESIDAD DE ENCONTRAR LA VERDAD, A ESO ME LLEVA HIGH, A VOLAR EN UN MAR DE CONSTELACIONES.
CHRISTIAN MCGAFFNEY [ANDY]

DIA A DIA  TRATO DE NO PENSAR EN  LA DESCOMPOSICIÓN DE LA RAZA HUMANA PARA NO ANGUSTIARME, PERO HIGH NO ME LO PERMITE. RAFAEL ROMERO [MIGUEL]

HIGH ES EL ESPEJO EN EL QUE NO QUEREMOS MIRARNOS PERO QUE NO TENEMOS OTRA ALTERNATIVA QUE ENCARAR.                RESUENA MUY CERCA, INCÓMODAMENTE. Y ME PERDONARÁN LOS MÍSTICOS DEL TEATRO Y LOS “REHABILITADOS” DE RIGOR, PERO ME RESULTA IMPOSIBLE ENFRENTARLA SIN VODKA CERCA. NO ESTOY TAN ELEVADO O NO ME SÉ ENGAÑAR A TAL PUNTO.
LUIS FERNÁNDEZ [MIGUEL/DIRECTOR]

EN PRIMERA FILA, EL TRABAJO DE KATHLEEN TURNER Y EL TEXTO DE MATTHEW LOMBARDO NOS IMPRESIONARON EN BROADWAY. LES COMENTAMOS ENTONCES CUÁNTO NOS GUSTARÍA PRODUCIR HIGH EN VENEZUELA. POCOS MESES DESPUÉS, AQUÍ ESTAMOS. AÚN IMPRESIONADOS, Y ESTA VEZ MÁS CERCA TODAVÍA.
MIMI LAZO [PRODUCTORA]

Hay sueños que nos pertenecen: Cada noche cuando entren en escena me tomare de sus manos para VOLAR ALTO con ustedes, en sus sueños, en sus luchas, en sus miedos,  en sus angustias, en todo lo que son capaces de dar con su talento y luego me confundiré entre el publico para aplaudirlos de pie con toda mi admiración y respeto como se merecen.
marisela berti


ESTRENO
ENERO 20
2012
TEATRO TRASNOCHO



Monday, December 12, 2011

El verdadero villano de tu historia

En toda historia que merezca ser contada hay un héroe (o como en tu caso, una heroína). Pero tan importante como la protagonista del cuento, es su antagonista, el (o como en tu caso, la) villan@. Todo autor que se respete sabe que para que la historia resulte interesante, la protagonista deberá enfrentar una serie de obstáculos importantes para alcanzar al final su ansiada meta y la villana es la materialización humana de esos obstáculos.
Durante la década que tuve ocasión de hacer telenovelas, si bien mi ego me hacía apuntar siempre a ser “el prota”, que es el que sale de primero en los créditos, el que se queda con la muchacha del cuento y el que gana más dinero, me parecían también personajes aburridos, undimensionales y bobolongos. En cambio el villano era siempre mucho más interesante de actuar, más divertido y complejo, y curiosamente lograba (al menos en mi experiencia como el malo de la partida) superar en éxito a los blandengues galanes de rinoplastia y copete enlacado. Así que desarrollé un particular afecto por los “malos”, además de por todo lo anterior, porque en el fondo, lo confieso sin complejos, se parecen mucho a mí.
En varias ocasiones de la vida real, así como en las historias que he interpretado en pantalla, he sido etiquetado como el villano. Y durante un tiempo, yo mismo llegué a creer orgulloso que era verdad, que era malvado, despiadado, ambicioso, manipulador, vengativo y todas esas cosas injustas que se dicen de villanos como yo. Pero recientemente me he dado cuenta de que la cosa no es así. No es así en lo absoluto.
Fue como una epifanía. Veía yo la versión de Disney de Peter Pan con mi hijo cuando sin querer la verdad se presentó ante mis ojos, como suele suceder con estas películitas de Disney, y ya nada fue como antes.
Verán, Garfio es el epítome del villano. Sin duda. Es él el que encabeza la lista de los malvados, el que preside la marcha de la maldad en la parada del parque y es, por encima de todo reconocimiento a su malignidad, el que también ha recibido uno de los peores castigos al ser devorado por el cocodrilo.
¿Pero cuál es la parte tan maligna del pobre Garfio? ¿Acaso querer erradicar de la faz del planeta a un insoportable adolescente perpetuo como el fulano Peter? Peter Pan no es un héroe, por favor, es un sujeto que se niega a aceptar responsabilidades y va por la vida sin asumir las consecuencias de sus actos. Garfio sólo quiere hacer lo justo, lo que nadie se atreve, eliminar a un sociópata volador que además es profundamente irritante.
Pero yendo más allá de lo evidente, siempre que hay un enfrentamiento entre dos partes, sentimos la necesidad de etiquetar al bueno y al malo para tomar entonces un partido. Si miramos con atención, es posible ver que detrás de una disputa tuya con tu esposo, en una querella familiar o en un enfrentamiento entre dos mujeres por un peoresnada, hay siempre alguien más. Si prestamos atención cada vez que dos personas se enfrentan en una batalla, podremos descubrir que hay allá atrás, camuflada por los gritos e insultos, una tercera persona que es la verdadera responsable del pleito o de la guerra y que por lo general va por la vida con cara de buena y pasaporte de vícitma.
Junto a Garfio, respaldando pasivamente cada una de sus acciones, e incluso propiciándolas con comentarios pasivo-agresivos está siempre Mr. Smeer, el viejito con carita bonachona que parece una víctima del pirata y al que uno siempre se refiere como “pobrecito”, pero que es en realidad el gran demonio de la historia. El mal, cuando es verdaderamente maligno, siempre tiene los mejores disfraces.
Resulta entonces que los malos del cuento (o de la vida, da igual), no somos los que tenemos contradicciones humanas, los que deseamos y ambicionamos, los que nos trazamos un plan para lograr la meta, los que decimos verdades incómodas. Los malvados no somos los que despreciamos la pose de víctima, los que no sentimos lástima por la lloradera mingona del débil o compasión por un adolescente perpetuo. Los malos no son casi nunca los que parecen malos.
¿Cómo dar con el verdadero villano de tu historia si ahora recién descubrimos que no es la bichita que te quiere quitar el novio o el jefe que parece abusar de ti en el trabajo?
Allí está la clave de nuestra evolución como héroes. La única manera de que Peter Pan realmente triunfe no es que a Garfio se lo coma el cocodrilo, sino que Mr. Smeer desaparezca del mapa, que deje de meterle cizaña a su jefe y que entonces Garfio más asertivamente le ponga orden a Pan y lo obligue a vivir de una manera más coherente y responsable, y por esa vía encontraran acuerdos que los harán evolucionar a ambos. Ambos podrán convivir constructivamente, Garfio sin ser presa de su impulsividad, Peter creciendo, con más capacidad para producir y asumir responsabilidades, y quién sabe si al final de esa historia terminan teniendo una muy funcional relación padre-hijo, sin la nefasta presencia del villano del cuento, el “pobrecito” Smeer,.
Resulta pues imperioso dar con el Mr. Smeer que pulula a nuestro alrededor y que es realmente el responsable de nuestras disputas más agotadoras e inútiles. Supongo que habrá que partir del mismo punto. ¿A quién de nuestros amigos o familiares les decimos “pobrecito”? Esa es la sensación que nos produce el verdadero villano. ¿Quién parece de todos el más sufrido e indefenso? ¿Acaso el mismo que a la corta o a la larga termina como Smeer siempre saliéndose con la suya sin mover un dedo y libre de pecado?
Cuesta identificarlos, pero más aún cuesta desenmascararlos. Suelen ser sumamente hábiles y si no tienes cuidado en el proceso te van a hacer quedar muy mal.
Huye de los “pobrecitos”. Erradica de tus compañías y de tu familia a las víctimas. Obsérvalos desde la razón, nunca con lástima y desenmascáralos sin piedad. Esa es la única manera que de triunfes en tu historia, no hay otra. Y si la “pobrecita” sueles ser tú, entonces revísate bien antes de que los "villanos" como yo terminemos de sacarte del closet.

Thursday, December 1, 2011

(NO) Tenemos que hablar


“Tenemos que hablar”, dice la mujer. El hombre se pregunta “¿ahora qué hice?”, pero mentalmente porque no atina a verbalizar, mientras recorre las posibles malas acciones que le hayan podido descubrir. El hombre sabe que no saldrá bien parado de esa conversación.
Todo lo que se pueda “hablar” después de esta frase dicha por nuestra pareja incluye varias cosas que hacen imposible un final feliz.
Toda mujer que solicite hablar viene sumamente insatisfecha, eso es evidente. De allí que el recorrido mental del sujeto por sus posibles errores recientes no está fuera de lugar. Sin embargo, rara vez la petición se plantea para abordar un evento concreto, eso sería lo que podría pensar un hombre, pero no es lo que generalmente impulsa a la mujer a la charla.
Otra de las complicaciones que a un hombre le supone este diálogo es descifrar el dialecto que la mujer propone. Tendremos que emprender el arduo proceso de verbalizar nuestras emociones. Ustedes podrán creer que eso nos resulta sencillo, pero la verdad es que uno finge ser capaz de expresar sus sentimientos principalmente cuando se las quiere llevar a la cama en las primeras citas, pero aquello es más o menos como recitar un poema que memorizamos en francés, nunca realmente hablar el idioma. El dialecto emocional no se nos suele dar, y si se nos da, es muy probable que la charla sea para cortarnos las patas por melosos.
El “tenemos que hablar” muestra en este punto su verdadera cara, no es un diálogo, no es que tú me quieras escuchar realmente, es que vas a hablar y yo voy a escuchar algo que no quiero oír sobre mi absoluta incapacidad para hacerte feliz. Básicamente de eso se trata. Toca entonces enfrentarse con la verdadera raíz del problema, que en esta conversación terminará por centrarse en alguna de nuestras monumentales fallas como hombres.
Los más dados al autoanálisis nos preguntaríamos ahora cuál puede ser el motivo de la insatisfacción, pero es imposible respondernos, sobre todo si nos agarran fuera de base.
Un hombre práctico podría en ese momento salir airoso del encuentro. Podría mirarte a los ojos y mentalmente multiplicar 634 por 72, mientras finge atención. Luego, una vez terminada su exposición, responder “tienes razón, mi amor, no me había dado cuenta de eso, de ahora en adelante lo tomaré en cuenta y te juro que voy a cambiar”. No importa que uno no haya escuchado nada de lo que dijiste, esa respuesta es la que ustedes quieren oír y darla será suficiente para continuar viviendo en nuestras respectivas zonas de comodidad sin mayor trauma.
Pero supongamos por un momento que escuchamos realmente lo que ustedes nos plantean. La conversación es realmente una confesión. Invariablemente nos expondrán el descubrimiento que acaban de hacer: no somos los hombres con los que ustedes soñaron casarse. No somos ni remotamente parecidos y desde su perspectiva imposible de mujer pretenden con el “hablar” que tomemos nosotros la determinación de transformarnos en ese que ustedes realmente querían pero que no escogieron. A ver si así se vuelven a enamorar. A ver si viven en negación unos añitos más antes del divorcio. A ver...
Sería interesante que en lugar de hablar entendieran que no podemos hacerlas felices porque ustedes ni saben lo que quieren ni quieren ser felices realmente. Que la insatisfacción que provoca la necesidad de hablar con el peoresnada sólo la pueden resolver ustedes solitas y que el insensible sujeto incapaz de expresar sus sentimientos es, en el fondo, bastante más honesto consigo mismo que ustedes.
En fin, que mi respuesta es NO, no quiero, no pienso caer en provocaciones, no me da la gana de hablar. 

Friday, November 18, 2011

En una noche tan fea como ésta...

Al parecer a los venezolanos nos han “robado” la corona del Miss Universo este año. Escucho comentar el hecho con indignación patria a la mañana siguiente de realizado el magno evento de la belleza universal que en nuestro país ha tomado los niveles del escandalo Madoff.
Este Martes Negro para la autoestima nacional, tan dada a valorar sólo lo que parecemos ser y no lo que realmente somos, espero entrar a una postergada consulta con mi odontóloga y encuentro el desencanto por todos lados, como si el mundo en siniestro complot nos hubiera dado una dolorosa e imposible cachetada.
¿Cómo, si “recibimos” la mayor puntuación en traje de baño?, pregunta la recepcionista para luego darme paso al consultorio. Y como estoy allí tendido un par de horas, con la boca abierta e inmóvil, no me queda otra alternativa que efectivamente pensar, entre taladro y pichazo, sobre lo que somos y lo que parecemos ser.
Lo primero que me viene a la mente es la sensación de fracaso de la niña juzgada, robada, asaltada por aquella horda universal de supermujeres despiadadas e imperfectas. En un titular de primera página la muchacha declara entre lágrimas: “Me siento tranquila porque di lo mejor de mí”, y yo no puedo evitar preguntarme qué significará para una Miss eso de “dar lo mejor”.
Mi dentista me comenta que tengo una resina fracturada y que es urgente un blanqueamiento. Yo intento decirle por encima de los veinte instrumentos que habitan en ese momento mi generosa boquita que le dé plomo y ella me responde que es imperativo, si quiero mantener la sonrisa prístina “que le debo a mi público”, que deje el café.
12 horas antes había manifestado por twitter mi absoluto desconcierto ante un país que se pone en pausa de extremo a extremo del territorio nacional y del abanico social para drogarse en masa con un certamen de belleza que les hace tan linda esa noche. Lo hice porque más allá de la inhumana perfección de nuestra delegada, la noche me parecía de lo más ordinaria, con el mismo número de asaltos y muertos, el mismo calor y la misma realidad, nada linda la verdad. La hermosísima y superproducida chica veinteañera que en ese instante se volvía para la mayoría de mis compatriotas una pastilla de éxtasis de efecto multitudinario, no me produjo fascinación alguna.
De inmediato comencé a recibir, efectos secundarios de la “trona por Miss”, los más enardecidos insultos que aún resuenan en el pito de mi blackberry mientras me colocan la pasta para que mi incisivo superior derecho quede perfecto y nacarado como una perla.
Recibo los comentarios sin inmutarme porque no soy tan hipócrita, la verdad. Heme aquí, intentando un aparatoso disfraz de dentadura perfecta para sonreírle al mundo desde la apariencia, de modo que soy incapaz de juzgar a nadie por “dar lo mejor de sí” y parecer ser algo que nunca llegará a ser.
Es una práctica nacional, me digo, es lo que somos, el país más vanidoso del planeta.
Salgo del consultorio con mi nueva y casi perfecta sonrisa falsa y una hipótesis algo inquietante: Si el diablo existe por el pecado de la vanidad y vivimos en el país más vanidoso del mundo, entonces habitamos por definición en un territorio muy cercano al infierno.
Pido un guayoyo grande y llego entonces a dos conclusiones. La primera, eso de convertir a una niña en símbolo patrio instantáneo sólo porque nos sentimos feos y olvidarla con la misma inmediatez y sin piedad es un ejercicio perverso y caníbal. La segunda, ni de vaina pienso dejar el café.

Friday, October 14, 2011

Todos tenemos una adicción

Escuché esa frase por primera vez dicha por un personaje en una obra de teatro en Broadway. Debo reconocer que me molestó un poco y salté a preguntarme de inmediato el por qué.
La respuesta en principio se me hizo obvia, el personaje que emitía la sentencia que nos dejaba a todos sin escapatoria era un sacerdote, que como todos también, guardaba un secreto. Me resultó sencillo entonces desestimar la afirmación y la incomodidad que me causaba, pues desde hace mucho suelo ignorar cualquier comentario dicho por un cura, y más si es evidente que el tipo “oculta” algo. Sin embargo, la obra prosiguió y el malestar y la perturbación lejos de mitigarse fueron en aumento.
La obra me condujo a lugares poco explorados por mí como espectador, y al cabo de una hora estaba ya sumergido en la historia, que no era la del cura o los otros personajes (una monja alcohólica en recuperación y un trabajador sexual enganchado en las drogas), sino la mía.
Y es que la frase abría una puerta que pocas veces, si alguna, nos atrevemos a abrir.
Salí del teatro conmovido y curiosamente feliz. La sensación se parecía a una suerte de alivio, como si haber reído y llorado en aquel recinto junto a cientos de anónimos me hubiera liberado.
Caminé hasta mi casa intentando explicarme lo que sentía y una cuadra antes de llegar (no hay nada mejor que emprender caminatas en solitario para dar con respuestas incómodas) lo entendí todo.
Hijo del pensamiento científico y la razón, me tracé de inmediato una hipótesis. Si es cierto lo que dice el padre Miguel en la obra y todos tenemos una adicción, entonces mi sensación de liberación después de la extraña catarsis colectiva que acababa de vivir en el teatro era producto de haber dado el primer paso hacia mi rehabilitación.
Pero ¿qué vaina es? Si yo no soy adicto a nada ni necesito terapias. Me dije, y reconocí al instante en aquellas palabras la típica respuesta de un adicto galopante.
La rehabilitación de toda adicción comienza por reconocer que somos adictos. Esto parece elemental, pero no es nada fácil. De hecho, la mayoría de ustedes al leer el título de esta crónica habrán sentido al igual que yo en la sala del teatro una incomodidad y hasta la necesidad de reaccionar de alguna manera defensiva. Es posible que a medida que leen esta nota, tal como me sucedió a mí, sientan que efectivamente hay razón en la sentencia y somos adictos a algo, cualquier cosa. El reconocerlo junto a un grupo de personas en iguales condiciones pero desconocidas para nosotros, gentes que pueden darnos su solidaridad, pero nunca un juicio puesto que no nos conocen, nos lanza entonces, de acuerdo a la mayoría de las terapias para la recuperación de un adicto, al primero de los 12 pasos de, por ejemplo, Alcohólicos Anónimos.
De acuerdo, me imaginé diciéndole al padre Miguel en escena, sí, supongamos que tengo, no una, varias adicciones, pero antes de continuar ¿cuál es la suya?
Es probable que el personaje no tenga respuesta a mi pregunta, o si la tiene no me dé, después de todo, si algo podemos hacer una vez que nos reconocemos enganchados a algo, es mantenerlo en secreto.
Pero conocer las adicciones de otro no es en lo absoluto relevante, salvo para establecer comparaciones con las nuestras y ver qué tan normales somos y quiénes están peor (hábito común pero nada provechoso).
Y es allí que cabría enumerar que esa necesidad suya de enfrascarse en una discusión por política, es una adicción. La avidez por confrontar a la gente con sus defectos, también. La inclinación diaria a la queja, la reacción de indignación pasiva ante lo que pasa en el mundo, la urgencia por ver el noticiero, el chisme de celebridades, el lamento de oficina, el sexo, el café, el trabajo, el drama, el sufrimiento, la culpa, la fe, la autoayuda, los carbohidratos, todo esto en lo que a diario podríamos incurrir, cosas habituales y normales, con frecuencia son tan adictivos como la cocaína, los antidepresivos o el alcohol. Y muchas veces, por ser más difíciles de detectar sus efectos, pueden ser hasta más perniciosas.
El caso es que el padre Miguel, aunque me moleste admitirlo, estaba en lo cierto. Todos tenemos una adicción y queda de nosotros reconocerlo, identificarla y cambiarla por algún otro hábito que nos deje algo más que lo que tenemos ahora.
Somos esclavos de esos pequeños hábitos que nos distraen de nuestro propósito, de eso no cabe la menor duda. Y podríamos evadirnos un buen rato catalogándolos y diciéndonos que estar adictos a la información es mejor que emborracharse, que fornicar es más saludable que la cocaína o que es mucho mejor ver Al Rojo Vivo que tomarse un ansiolítico. Si quiere invertir su tiempo justificando su adicción como “menos grave” que la del resto, pues eso es problema suyo.
Yo por mi parte prefiero invertir mi tiempo en algo más asertivo y no huír de las señales. Compré los derechos de la obra de Broadway, de título “HIGH”, la dirigiré y además de todo, como terapia necesaria, interpretaré el personaje del padre Miguel (mi primer cura, que no se diga que uno no se sale de su zona de comodidad). Prometo además hacer mis deberes, identificar todo aquello a lo que me dedico para no tener que verme y lidiar conmigo mismo. Haré lo posible por luchar contra esa inclinación tan nuestra a autodestruirnos, y sobre todo, prometo terminar ya con este escrito antes que se parezca demasiado a un tratado de autoayuda, cosa que no pienso incluir entre mis múltiples adicciones.



Saturday, September 24, 2011

Tenemos que hablar


Así comienza una extraordinaria obra de teatro de Edward Albee que acabo de ver. La mujer entra desde la cocina secándose las manos. El hombre lee en la sala concentradamente. Ella pronuncia la sentencia. Él no se inmuta y continúa sumergido en el libro. Permanecen unos instantes en silencio y ella regresa entonces a su oficio. El público estalla en risas identificándose con la pareja. La obra prosigue entonces recorriendo la serie de temas que abarca la domesticidad, pero uno sobre todos me llama la atención. Ella le confiesa a su pareja de años que aunque es relativamente feliz hay algo, un no sé que, que continúa esperando y que no llega, algo que no le permite sentirse del todo satisfecha, por ejemplo en la cama, a pesar de que él le hace el amor bien, ella siente que no se la coge, y a ella, después de tantos años, de pronto le provoca que el tipo, buen padre y buen hombre, deje de ser tan bueno y le eche una cogida salvaje. Así, en esos términos. Yo, que no me van a cortar con ese vaso de cartón, pienso de inmediato, Claro, mamita, si el tipo te estuviera cogiendo sabroso, entonces querrías que te hiciera el amor con dulzura. Porque con ustedes, no me lo nieguen, la cosa es más o menos así.
Al día siguiente, aún con la obra dándome vueltas en la cabeza, acudo a una de las rutinas que más detesto: cortarme el pelo. Debo esperar mi turno tras un gordito con cara de buena gente. Me siento junto a una hermosísima mujer que espera ojeando un catálogo de cortes de pelo masculinos. El gordito le pregunta que qué cree ella, entonces entiendo algo sorprendido que se trata de la novia. Ella me mira y me pregunta quién me corta el pelo, yo le respondo que el mismo que está a punto de cortárselo a su novio y ella le dice al barbero ahora que así, más o menos como el mío, quiere que se lo corte al gordito. El pobre tiene el pelo grueso y rizado y bastante más corto que yo por lo que la petición, digna de una mujer, es de entrada imposible. El gordito se entrega a las manos del barbero que le da vueltas a la utopía mientras ella observa. Un gesto de resignación, sutil al comienzo luego más y más  evidente, se dibuja en su rostro de mujer hermosa. Ya para cuando el barbero está terminando el gesto es de rotunda decepción. ¿Y atrás cómo te parece, mi vida?, pregunta el gordito, inocente de todo. Depende de cómo te lo vayas a peinar, responde ella casi molesta. Como siempre, dice él, Debí suponerlo, replica ella de mala gana, Pues no sé, hágale algo así, como más moderno o algo, le pide al barbero. En unos instantes el suplicio termina y parece que al gordito le han sacado punta en la cabeza. El experimento, obviamente, ha fracasado, y ella, que esperaba que con el nuevo corte le entregaran a un novio nuevo, resopla en el colmo de la amargura. El gordito se dispone a pagar pero antes la mira como preguntándole qué fue lo que hizo ahora. Ella se detiene frente a el en una pausa escrutadora y eterna, luego mira al barbero y le dice, No podrá usted echarle un gelcito o algo. El barbero obedece y mientras me acomodo en la silla los veo salir tomados de la mano retomando la rutina clásica de una pareja promedio.
Razón tenía la protagonista de Albee, pienso, tendrían que hablar.

Friday, September 16, 2011

Mala Educación



Un estudio reciente colocó a las mujeres chinas en el tope de la lista en cuanto a sus capacidades como madres. Las estadísticas, como es de esperar, midieron el desempeño de los niños y jóvenes en varias áreas y concluyeron que estaban “muy bien preparados para enfrentar las demandas de un mundo globalizado”.
Esto normalmente hubiera pasado desapercibido para un occidental egocéntrico como yo, pero considerando, por un lado, que China promete en breve “regir el planeta”, y por otro, que toda madre (padre) que se precie de serlo se atormenta con las mil y una interrogantes sobre cómo guiar a sus hijos lo mejor posible para hacerlos los “hombres y mujeres del futuro”, el estudio cobró protagonismo entre el sinfín de informaciones con las que ese día me bombardeaba la web.
Más allá incluso, recorriendo la oferta de claves y tips de las chinas para ser mejores en el trabajo más difícil jamás planteado, por encima de los resultados del análisis, se colocó un controversial libro sobre el ejercicio de la (m)paternidad al estilo chino escrito por una tal Amy Chua.
La fulana Chua, y lo digo con el mayor tonito despectivo, el mismo que usa ella para descalificar a sus dos pobres y asertivas hijas ya creciditas, asegura que los occidentales somos bochornosamente complacientes con nuestros hijos y les permitimos perder enormes cantidades de tiempo en video juegos, tiempo libre y actividades extracurriculares. Tiempo que ella, como buen subproducto chino (nació y creció en USA), obligó a sus pequeñas a invertir en innumerables y constantes ejercicios de gramática y matemáticas y piano y violín y paremos de contar.
Chua, por ejemplo, obligaba a sus hijas a practicar en el piano una melodía hasta bien entrada la noche sin permitirles descanso para ir al baño o un vaso de agua, hasta que ellas la tocaran a la perfección. Otra de sus técnicas “maternales” cuando por ejemplo una de sus pequeñas le entregaba una tarjeta con un dibujo el día de su cumpleaños era tirársela de vuelta y decirles “no quiero esto, no te esforzaste lo suficiente, soy tu madre y merezco algo mejor que esta basura”. ¡Qué linda!
Por supuesto que la bruja Chua, o la “Madre Tigre” como ella misma se bautiza, ha recibido cientos, miles, millones de mensajes de odio de gente como tú y como yo, a quienes nos parece monstruosa su forma de ejercer la maternidad. Pero si vamos un poco más allá, si transitamos el terreno que se oculta tras la reacción obvia, ese que a mí me gusta recorrer buscándole la quinta pata a todo gato que se me cruce en el camino, las razones de la aversión hacia la Madre Tigre, y la causa por la que su libro homónimo se ha colocado de primero entre los más vendidos del planeta, es que Chua, aunque no nos guste, tiene algo de razón y mucha evidencia que la valida por encima de nuestra tendencia a complacer a nuestros pequeños.
En mis incontables conversaciones con mi mujer sobre la crianza de nuestro hijo, Mimi y yo hemos tenido, como cualquier otra pareja un sinfín de desacuerdos. Yo fui educado en los setenta en el colegio Venezolano Británico, dirigido por una vieja diabólica de apellido Dutton muy parecida a Chua. La Dutton y su esposo, a quienes debíamos llamar “el Sir”, aterrorizaban con violencia física y psicológica con la excusa de hacernos “los mejores estudiantes posibles”. Tal como Chua, exigían, castigaban y humillaban como parte del entrenamiento diario de primaria. Aquello siempre, incluso de niño, me pareció un horror, y aún hoy recuerdo vívidamente cuando la Dutton, estando yo en primer grado, sentó a mi amiga Carolina en un taburete alto y le colocó en la cabeza un sombrero de cono con la palabra “Dunce” (definido en diccionario como “persona estúpida y lenta para aprender”). Le explicaba todo esto a Mimi como justificando mi tendencia a dar siempre demasiadas libertades, pero Mimi me respondió con hechos concretos. Aún sin estar de acuerdo con los métodos, la exigencia, no puedo negarlo, me ha hecho un hombre productivo, un emprendedor y un hombre capaz de competir en cualquier circunstancia por el logro de mi meta.
Chua explica que esto es así, que sus técnicas han llevado a sus hijas a ser estudiantes de nota máxima, y que sin duda ellas serán parte del equipo de individuos responsables de regir el planeta en breve.
Esto, aunado con la estadística incuestionable que coloca a China como potencia que en breve superará a todas las demás, muy probablemente como consecuencia de lo logrado por las “insignes” madrecitas chinas, nos deja a los occidentales más que horrorizados por el detalle, perturbados por la evidencia.
¿Qué hacer entonces? Es la pregunta que me hago (nos hacemos) como padres.
En mi afán de dar con respuestas, me puse a buscar a mi amiga Carolina vía Facebook. Quería saber si la “mano dura” de los Dutton, tan parecida a la de Chua, había dejado en ella alguna huella, para bien o para mal. Quería saber si mi horror con esas técnicas eran una postura progresista o las impresiones de un niño hipersensible y mariquito (como me habría etiquetado Chua de haber sido mi madre). Por fin di con ella. Carolina vive ahora en Buenos Aires. Hablamos de la vida en general por el chat de FB y poco a poco le hice las preguntas que me inquietaban sobre nuestro pasado en común. Carolina me confesó que no recordaba el incidente del sombrero de cono, pero sí algunos otros. Me comentó que las técnicas de los Dutton no la habían hecho particularmente asertiva o competitiva, y por último me confesó que había tenido que hacer mucha terapia en su vida, y que aún hoy, no sabía por qué con precisión, pero no terminaba de ser una mujer feliz.
Me pregunté entonces si yo era un hombre feliz. Y podría decir que sí. Podría contar mis bendiciones y mis logros, que no son pocos, y podría estar satisfecho y feliz. Pero por alguna razón que, al igual que Carolina, todavía no termino de descifrar, una persistente sensación de haber desperdiciado gran parte de mi vida no me permite serlo del todo. La percepción es irracional, desde luego, pero está allí y no la puedo negar.
La pregunta entonces no es qué hacer como padres, la pregunta es ¿queremos hijos logrados o los queremos felices? ¿es eso acaso lo mismo?
Yo no dudo que en efecto las hijas de Chua sean las presidentas del mundo que habite mi hijo un día. No me resultaría para nada sorprendente que mi hijo vote por alguna de ellas en alguna elección y que las Chua le digan en breve a mi hijo lo que él debe hacer. Eso es bastante probable.
Sin embargo, y me disculparán la Chua y los Dutton, estoy seguro que mi hijo será mucho más feliz que ellas y sentirá por mí algo muy distinto a lo que ellas sienten hoy por su madre. Y eso me basta como respuesta.

Saturday, August 27, 2011

La tribu de los estúpidos

Aseguran los expertos que el país (el mundo) está radicalizado. Pero viéndolo bien, más que radicalizado, me parece que el mundo (el país) está “estupidizado”.
Con frecuencia toco en mis escritos el tema de la radicalidad, el fanatismo, el fundamentalismo de cualquier especie, porque no puedo evitar compararlos con plagas que asedian a una humanidad cada día más globalizada pero al parecer cada día más idiota.
Con la misma frecuencia recibo correos y mensajes de odio de estos grupetes que insisten en que yo soy un cómodo que debo tomar una postura y suscribirme a una de estas tribus porque es lo que el país (el mundo) exige en tiempos de confrontación.
La verdad, me parece que en tiempo de confrontación, el mundo (el país) exige un debate, sí, pero desde la razón y el sentido común, que no son nada cómodos ni comunes. Además siempre he sido un individualista y desde pequeño prefiero sacar mis propias conclusiones en lugar de pertenecer a un rebaño y adoptar conclusiones ajenas. Y si analizamos el asunto de la comodidad, nada me parece más cómodo que colocarme la etiqueta en la frente (sea cual sea) y salir histérico a la calle a lanzarle piedras al contrario. De esa manera no tendría que lidiar con mis problemas diarios, con mis errores individuales y no tendría nunca que tomar responsabilidad alguna sobre mi vida y mis desaciertos, pues siempre puedo culpar al otro bando de todo y lavarme cómodamente las manos. Tampoco tendría que trabajar como trabajo, ni idear nuevos proyectos ni construir nada realmente, porque puedo quedarme instalado cómodamente viendo las noticias o leyendo los chismes sobre el enemigo y seguir viviendo enardecido con la adrenalina del odio, cosa que ha sido siempre la norma del hombre primitivo. Concentrarme en el “ataque y la huida”, el nivel de respuesta de conciencia más básico según Deepak Chopra, es efectivamente lo que me parece más cómodo. Pero me van a disculpar, ni me retrato en grupo ni hago lo que me digan otros que haga para caerle bien a nadie, ni ha sido “la comodidad” nunca lo que me motive a la acción.
Es entonces que, racional como soy, me digo “claro, es que llegue tarde a las ideologías, debe ser eso lo que me critican…”, pero de inmediato me respondo: “…si las religiones, según éstos, son el opio de los pueblos, las ideologías son el cristal-meth, y yo, lo confieso, prefiero decirle NO a las drogas”.
Acto seguido, de nuevo guiado por la necesidad de racionalizar el asunto, llámenlo uno de mis defectos de personalidad, reviso con meticulosidad los hechos y los logros de cada tribu, a ver si es cierto que debo suscribirme a una de ellas. Logros, en realidad, lo que se dice logro, es decir, algo construido que me parezca beneficioso, no encuentro por ningún lado. Es allí que entro en acuerdo con los que aseguran que el fanático escucha sólo lo que quiere oír y apuesta siempre a la destrucción, pues es su naturaleza. Y no queda más que concluir que ningún fundamentalismo construye. Nada sostenido en la radicalidad es distinto al odio, y es el asunto entero todo lo contrario al debate racional que siempre me ha parecido la única salida posible para el país (y para el mundo).
De modo que reitero mi postura de hablar menos y hacer más, de construir siempre, de sacar solito mis propias conclusiones y no hacerle a otros lo que no quiero que me hagan a mí.
También concluyo que la radicalidad no es una postura, independientemente de la etiqueta que la corone, es siempre la misma estupidez.