Tuesday, February 15, 2011

Escaleras al cielo



Una noche de espera infinita, mientras filmábamos la película Francisco de Miranda en las escaleras de El Calvario, decidí matar el aburrimiento emprendiendo una de mis investigaciones. Me encontraba como siempre, bendito yo, reunido con cuatro mujeres. Todas profesionales eficientes cada una en su área. Todas muy queridas y especiales, aunque totalmente distintas entre sí. Entonces, como nada mitiga el tedio más que una charla sobre sexo, les hice la pregunta que pocos se atreven a hacer: ¿Cuántos hombres se han cogido en sus vidas?
La más veterana de las cuatro saltó a responder tomándose la pregunta de manera muy personal: Setenta y ocho, dijo jactándose un poco de su expediente. Yo me sorprendí, no del número sino de que llevara una cuenta tan minuciosa. Ella me dijo que era muy metódica, que, por ejemplo, había contado los peldaños de la escalinata donde filmábamos y eran ochenta y cuatro, “Es decir, me faltan seis tipos para llegar a la cima”, remató. Mujer inteligente y culta, entrada en los sesenta y ávida de compartir su innegable sabiduría, continuó unos minutos dando explicaciones que yo escuchaba atento y que las otras tres procesaban con disimulo. “Eso contando los que valen la pena, porque no todos los hombres merecen ser considerados peldaños en mi vida, y si algo tengo por meta, ahora que estamos aquí reunidos en esta escalera magnífica y agotadora, metáfora perfecta de la vida misma, es completar la cuenta y llegar a la cima”.
Ante su cándida revelación, y aprovechando el momento de confidencia que estas mujeres le regalaban a un hombre dispuesto a escuchar, giré y le dirigí la pregunta a la segunda. Tendrá ésta unos veintiocho años y, como se ve mucho en este medio, es a todas luces una mujer muy despierta. Ella miró un momento en silencio a la osada veterana mientras jugueteaba coqueta con un mechón de su melena. Al rato, se atrevió a preguntarle, ¿Cuántos años tienes? La veterana respondió en el acto, “Sesenta y seis”. La muchacha jugueteó otro rato con el mechón, como sacando una cuenta imposible, hasta que finalmente confesó. “Si sigo a este ritmo creo que te voy a pasar”, y soltó una risita de niña tremenda que la hizo encantadora a mis ojos de niño igualmente travieso.
Al fondo, en un rincón, la tercera mujer, de unos veinticuatro, tímida y extremadamente educada, escuchaba sin levantar la vista de un computador portátil. Yo, que sabía que participaba de la charla aunque pasivamente, la saqué de su aparente concentración. “¿Y tú?”, le pregunté al descuido y sin darle mucha importancia. Ella se sonrojó al instante. “¿Yo qué?”, replicó un tanto sobreactuada en su despiste. “Eso mismo, ¿cuántos?” insistí. Batió la melena lisa en un gesto que descubría que era una niña “bien” y se puso una mano en el seño como acusando un cansancio de vista, aunque lo que perseguía era distraer del sonrojo que iba en aumento. Finalmente, ardiendo de mejillas, manifestó que eso era algo muy privado y que no estaba dispuesta a divulgar. No me defraudó, puesto que su vergüenza delataba al buen entendedor que ella también estaba bien entrada en la escalinata.
Entre una cosa y otra, la conversación derivó interesentemente hacia la importancia de la cantidad versus la calidad. La diferencia como hombres y mujeres percibíamos el sexo, y varios otros de mis temas favoritos. Al cabo de un par de horas, la cuarta mujer, en sus cuarenta, franca y católica, encantadora, coqueta y una bailarina como pocas he visto, se me acercó y como quien no quiere la cosa me dijo que estaba muy preocupada, “Porque yo te voy a ser sincera, yo, en toda mi vida, lo que te he tenido son dos”. La veterana, que había escuchado la confidencia, exclamó desde la altura del peldaño 78, “Pues razones tienes para estar preocupada, a tu edad, apenas acabas de salir del pavimento de la avenida”. La mujer entornó sus ojos hermosos con algo de tristeza. Ella, que mantenía a sus dos hijos, que era la cabeza de una familia, que trabajaba de sol a sol, estaba allí, paradita a los pies de la de la infernal escalera sin mayores esperanzas de subir un escaloncito, viendo como las otras conversaban por allá arriba sobre temas que ella no dominaba. Yo la tranquilicé explicándole que no era realmente importante aquella carrera, que lo había preguntado por preguntar y que tampoco era relevante la altura que alcanzaras en la bendita escalada. Lo verdaderamente interesante, me pregunté luego a solas, sería saber que es lo que esperan ellas encontrar en la cima.

Saturday, February 12, 2011

Guerreras


Dos clases de guerreras me he topado en la vida, las esclavas de lo que dicen y las dueñas de lo que callan.
La esclava de lo que dice tiene el poder de la razón, parece saber lo que quiere y va por ello enarbolando dos banderas, la de la justicia y la de la verdad.
La dueña de lo que calla tiene el poder de la sensatez, parece saber lo que quiere y va por ello enarbolando dos banderas, la de la dignidad y la de lo que es correcto.
La esclava de lo que dice es temperamental, apasionada, a veces impulsiva, comete muchos errores, regularmente se da cuenta de ellos y los corrige públicamente, es de las que pide excusas y de las que opina sin temor a herir susceptibilidades; cree que la evolución está en el cambio, en el riesgo; valora por sobre todas las cosas la honestidad y la valentía, a veces no se peina y lo que se ve de ella suele ser lo que hay, lo que a cualquiera que observe bien resultará abrumador. Desafortunadamente para ella, su desfachatez ofende a la mayoría.
La dueña de lo que calla es racional, inteligente, comedida, piensa varias veces antes de actuar; si yerra, casi nadie lo nota, y si alguien se da cuenta, ella se encarga de convencerlo con sus virtudes, que no son pocas, hasta minimizar el desperfecto; busca siempre lo estable, lo conocido, lo acostumbrado y predecible; cree que la evolución radica en el éxito social, en la adaptación a la norma y en dominio perfecto del protocolo; valora por sobre todas las cosas los buenos modales y la reputación; va siempre bien vestida y maquillada, y lo que se ve de ella es admirable y casi perfecto, lo que a cualquiera que observe bien resultará sospechoso. Afortunadamente para ella, muy pocos se fijan en los detalles.
La esclava de lo que dice tiene éxito por su carisma, por su perseverancia, su irreverencia y su talento; muchas mujeres jóvenes la admiran y desean ser secretamente como ella, porque es ambiciosa y asertiva, no necesita gustarle a todo el mundo y tiene la certeza de que por cada enemigo desenmascarado aparece un amigo incondicional.
La dueña de lo que calla tiene éxito por su capacidad para seguir la corriente del que ostenta el poder, por ser hábil, informada, buena conversando y mejor aún escuchando; muchas mujeres jóvenes la admiran y desean ser como ella, pues es igualmente ambiciosa y asertiva aunque no lo demuestre, sabe propinar elogios en los momentos precisos y tiene la certeza de que podrá convencer a cualquiera de que es su gran amiga aunque secretamente los desprecie.
La esclava de lo que dice ha tenido varias relaciones, se ha divorciado, probablemente de manera escandalosa, ha sido blanco de duras críticas y le ha ofrecido una coñaza a más de uno, lo que la hace ver como una diva victimaria; es probable que sus fracasos hayan sido magnificados por el público por ser lo suficientemente ingenua como para haberlos compartido y divulgado con detalles, aunque lo haya hecho buscando más consuelo que piedad.
La dueña de lo que calla ha tenido muy pocas relaciones, si acaso una o dos parejas conocidas públicamente, aunque sin que nadie se entere ha tenido historias con muchos más (o ha deseado tenerlas); en privado, con sus más intimas amigas, ha soltado una que otra crítica incidental, aunque muy hiriente y premeditada hasta el detalle; si, llegado el momento, a sido blanco de insultos o agresiones, la dueña sabe, por supuesto, callar educadamente inspirando solidaridad y piedad de su público, lo que la suele convertir en una señora digna y en una muy correcta víctima.
La esclava de lo que dice es admirada por los hombre de igual a igual, de guerrero a guerrera, de traidor a traidora o de hombre de valía a mujer más que valiosa.
La dueña de lo que calla es admirada por los hombres con condescendencia pues ella ha sabido provocarles la ilusión de que ellos son los poderosos, los genios, los dueños, aunque sea mentira y ellos lo sepan.
La esclava de lo que dice admira a poquísimos hombres, pues poquísimos son los que sobreviven a su confrontación.
La dueña de lo que calla no admira a ninguno, pues ninguno ha tenido el poder de ser inmune a su silencio.
Ni la esclava ni la dueña son del todo felices. La primera, porque nadie parece ser capaz de comprenderla. La segunda, porque nadie parece ser capaz de liberarla de su pesada máscara.
Si me preguntan, yo, que soy como soy, admiro profundamente a la esclava. La dueña me inspira más que nada miedo y compasión.
Usted, que es sin duda guerrera, escoja ahora muy bien su bando. 

Friday, February 11, 2011

Qué tal si...

...este año le regalamos a nuestros hijos varones un
BebeQuerido? A lo mejor en lugar de "mariquearse" aprenden a ser buenos padres!

Thursday, February 10, 2011

La Moral y el Culo

Bolívar dijo que la moral y las luces eran nuestras primeras necesidades y yo no soy quién para llevarle la contraria. De hecho, estoy bastante de acuerdo. Sin embargo, para estarlo del todo tendría que tener muy claro la definición de “moral”. Es lo menos que puedo pedir si luego va a ser esta una de mis primeras necesidades, y lamentablemente intuyo que muchos no lo tienen claro.
Según la Real Academia es la ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia. ¿Y quién determina entonces lo que está bien y lo que está mal?
Radicado esta temporada en Estados Unidos, el reino de la doble moral, bombardeado por las noticias que giran en torno a la importancia de la sexualidad de los marines que pelean las dos guerras que éstos tienen montadas del otro lado del mundo y en vísperas de la entrega del Oscar, recordé que hace unos años competía como mejor película la popular historia de amor de dos vaqueros encarnados por superpapis de la A-list. El mejor actor lo ganó el que interpretó al escritor homosexual Truman Capote y la mejor actriz la que interpretó a un hombre transexual. Más recientemente, el Globo de Oro como actor de reparto en una serie lo recibió un actor homosexual que interpreta al mariquito encantador y afinado en Glee. Esto no es nuevo, no es que Hollywood se haya mariqueado ni nada por el estilo. Ya se han premiado muchas veces los trabajos de actores que interpretan personajes complejos, discriminados, contradictorios y difíciles que coincidencialmente resultan, entre otras muchas cosas, homosexuales. No obstante,  ante estos crecientes reconocimientos, como era de esperarse, líderes conservadores religiosos norteamericanos se han pronunciado con frases lapidarias, muy propias de ellos, como ésta: “Hollywood es inmoral y se ha convertido en un nido de vicios”.
Es muy probable que estos líderes religiosos ni siquiera hayan visto las películas. Es muy probable que si las vieron se hayan excitado con ellas y eso los haya perturbado. No sería sorprendente descubrir que graban la temporada completa de Glee para luego verla a escondidas y corear las canciones. Es también lógico que las condenen, como condenan lo que ellos mismos son secretamente. O a lo mejor sencillamente son brutos, característica clásica de la censura. Yo, que soy, al igual que todos, esencialmente bueno, me inclino por pensar que se trata de esto último.
El filósofo alemán Hegel dice que no es suficiente, para ser moral, que aspiremos concientemente a ser buenos. Debemos concretar esta aspiración obedeciendo la ley moral, las normas y las costumbres de la sociedad. Siempre que me hablan de normas y costumbres suelo preguntarme: ¿las de quién? Me pone un poco nervioso esta normativa, como todas las normativas impuestas, carentes de verdadera lógica y cerradas a la evolución.
Si pienso que a finales de los setenta, esparcida ya por el mundo la revolución sexual, la sociedad venezolana se escandalizó al ver el culo de Mimi Lazo en El pez que fuma. Si pienso que poco después el gobierno censuró la proyección de El último tango en Paris, principalmente porque María Schneider le introducía a Brando su dedito enmantequillado de forma contranatura, y eso a Caldera no le parecía moralmente tolerable. Y si nos detenemos a pensar que esa misma sociedad autoriza dentro de sus costumbres morales que sean los propios culos de sus hijas veinteañeras los encargados de vender cualquier producto mientras señalan con el dedo, o peor, ignoran por entero, a los menos privilegiados que deben vivir de explotar sexualmente sus anatomías. Entonces creo que, a pesar de ser bueno, soy profundamente inmoral, gracias a Dios.
Cuenta Boris Izaguirre, cuando le pregunté a qué atribuía su éxito en España, que la primera vez que fue presentado en un escenario lo hicieron aludiendo a que además de “sudaca” era gay. Esa fue su carta de presentación, una suerte de fenómeno que había sobrevivido pese a su mariquera a la barbarie con inteligencia y gracia. Y relata que si además le hubiera contado a la audiencia que era circunciso, no habrían sabido qué hacer con tanto.  Desde luego, vista por el lado positivo, esta obsesión de los inmorales morales puede ser, además de perniciosa, enormemente lucrativa. Eso lo hemos podido comprobar todos los que hemos cruzado el límite de lo políticamente correcto. Sin embargo, no puedo dejar de sentirme a veces un poco como Dumbo en el circo, entreteniéndolos con mis orejas aberradas. Es entonces que la pregunta emerge: ¿quién es el aberrado? ¿Ricky Martin que es gay o usted que está obsesionado por saber si a Ricky se lo meten o lo mete él?
No puedo comprender que sea buena, justificable y moral, una guerra en la que se asesinan inocentes en nombre de un dios, sea el que sea. Que sea moral que un grupete de venerables ociosos se sienten a discernir si mis decisiones personales y privadas cumplen con la norma. Que se ajuste a la ley moral apoyar vehementemente la pena de muerte. Que sea digno y moral decirle a un país de niñas preñadas que usar condón es pecado, o peor aún, quedarse callados porque no se tiene los cojones de enfrentarse a la institución. Que esta tribu de ignorantes dogmáticos decida que mi trabajo incita al vicio. Yo invito a todos estos ejemplares de costumbres intachables y dedo presto a señalar a que trabajen un poco y dejen de lado la obsesión, ciertamente inmoral y perversa, que tienen con el culo de los demás.
Sería mucho más moral un mundo de paz, en el que la gente pudiera hacer con sus cuerpos algo placentero además de funcional y con sus vidas algo noble además de productivo. Un mundo de gente más honesta y feliz, más preocupada por hacer el bien que por señalar a los que hacen mal. El mundo en el que me gustaría ver crecer a mi hijo.
Es posible que esté equivocado, eso me pasa con frecuencia, pero entonces les pido encarecidamente, señores jueces, que por favor me expliquen qué tiene que ver la moral con el culo.

Wednesday, February 9, 2011

Mujer de acero


Grace Steel (Gracia Acero) es el nombre de una de mis compañeras de clase. Originaria de Indiana, la zona de los Estados Unidos en la que se tiende a la derecha republicana, donde negros y homosexuales se “toleran” con correctitud política de la boca para afuera y donde se estila que las mujeres se casen cristianamente y tengan sexo sólo para procrear y acudan a misa, etc., etc.
Grace no entra dentro de esta estadística, claro está, de lo contrario no hubiera despertado en mí interés alguno.
Grace se mudo de Indiana a Nueva York apenas entrando en la adultez y se dedicó con éxito al negocio de los bienes raíces. Además, contrario a lo que se puede esperar de una “chica blanca de Indiana”, como se etiquetan, se inscribió en el taller de dirección de cine que compartimos, no porque le guste el cine, que le gusta, sino porque le interesa más hacer, que sentarse a ver lo que los demás han hecho. Así que Grace pasó a ser una de las personalidades más interesantes de la clase.
Yo, que vengo de Caracas, una ciudad tan hipócrita como Indiana, en la que se discrimina tanto o más, que fui víctima del catecismo primitivo y los prejuicios de la clase media, de inmediato tuve con Grace denominadores comunes para nuestras conversaciones. Con frecuencia, porque el tema no es exclusivo de nuestro país, las conversaciones de la clase entre materias giraban en torno a las relaciones, a las diferencias genéricas, al sexo y al amor, los temas que interesan al mundo entero, y Grace se alzó entonces entre las otras como mujer asertiva y exitosa, confiada en sus talentos y con plena certeza de lo que buscaba en un hombre. Yo escuché a mis compañeras, una, tailandesa trotamundos, la otra, neoyorkina de ascendencia peruana, explicar sus ansiedades, o tratar de hacerlo y a Grace confrontarlas con sus debilidades mujeriles y con la necesidad de ser más racionales y dar efectivamente con el objeto de sus anhelos.
Tímidamente al comienzo, luego más en confianza, solté en el exótico grupo una que otra de mis teorías sobre ustedes a ver cómo reaccionaba, ¿serían exclusiva de las venezolanas?, ¿se limitarán mis observaciones a las latinas?, ¿o acaso es posible que la cosa trascendiera lo cultural y se extendiera por el vasto laberinto de la feminidad internacional? ¿Tendría yo derecho a usar indiscriminadamente en entornos internacionales los estereotipos y lugares comunes que tanto ayudan a vernos en realidad? Grace de inmediato me dio la respuesta, batió su melena rubísima y desde la altura de los tacones que usa para mostrar los apartamentos de Manhattan a potenciales clientes me dijo, En tu pequeño país tal vez, aquí no.
Muy bien, pensé, no tiene caso decirle que su condescendencia norteamericana sobra, que le estoy notando la tensión de labios de la que hace mucho no tira, eso hubiera sido sexista y pretendía mantemnerme, raro en mí, dentro de lo políticamente correcto. Sin embargo, reaccionar de mi modo habitual y entrar en disputas bizantinas con una chica blanca de Indiana me pareció de pronto un sinsentido, sobre todo tomando en cuenta que debíamos compartir el largo trimestre. Podía al final salir el latino herido, o algo, y mi seguro no cubría ataques internacionales, de modo que desistí de mi atractiva misión.
El sábado pasado terminamos el arduo taller intensivo y después de exhibir nuestros cortometrajes decidimos tomarnos algo para celebrar. El grupo charló de las películas, del futuro, de las expectativas reales y ficticias, de las cosas que normalmente se hablan en grupos cuando los ciclos terminan. Intercambiamos correos como si fuera cierto eso de que vamos a mantenernos en contacto, aunque siempre con el toque amargo de la despedida, y por supuesto, después de varios “Greyhounds”, como llaman ellos al vodka con jugo de toronja, se comenzó a hablar de lo verdaderamente importante, del sexo, las relaciones y el amor.
Nos conocíamos lo suficiente como para hablar sin muchos tapujos y además era poco probable que nuestros caminos se volvieran a cruzar, por lo que el grupo tomo de pronto el tono de complicidad secreta del polvo que se podría tener en una ciudad en la que se está de tránsito, digamos, con una aeromoza con la que se ha compartido un largo vuelo y a la que nunca volveremos a ver porque parte en unas horas para Beijing.
Grace, ya prendida, admitió que no tenía novio, que hacía más de un año que no tenía una relación, ni nada que se le pareciera, y que estaba ávida de dar con un hombre con el que por fin pudiera tener algo serio. Yo le pedí que me definiera “serio” y le pregunté a qué atribuía ella el lapso tan prolongado. La evolucionada chica blanca de Indiana respondió sin defensas que no había hombre que le diera la talla, o algo así, lo de siempre en versión gringa con acento “midwestern”. Yo me aventuré y le pregunté entonces si sinceramente lo que ella quería no era, por ejemplo, un hombre que se le parara al frente y le dijera que se callara la boca un momento y que se quedara tranquila, que no tenía que hacer nada porque él se ocuparía de resolver y, sobre todo, uno que le dijera lo que tenía que hacer para ser feliz. Ella me miró un instante y luego me dijo, Eso es exactamente lo que necesito.
Razón tenía, pensé aliviado: la cosa es universal.

Sunday, February 6, 2011

Saturday, February 5, 2011

Su abandono, tu amargura...

Una verdad irrefutable es que el abandono de un padre no se supera nunca en la vida. Estos abandonos tienen distintos gradientes. Van desde el absoluto, cuando el sujeto simplemente desaparece de forma definitiva como si hubiera muerto, hasta el circunstancial, cuando el tipo va y viene sin patrón aparente y siempre explicando sus ausencias con mil y una excusas.
El denominador común de estos “preñadores” (el título de padre les queda como grande) es sin duda la ausencia de culpa. Y no sólo ellos entienden sus conductas sin mayor conciencia de la responsabilidad, sino que suelen estar rodeados de mujeres que insólitamente les justifican el proceder. En este marco crecen millones de niños en nuestro país y precisamente por ser tantos el asunto ha llegado a parecernos peligrosamente normal.
Esta consideración volvió a mi mente hace poco. Verán, por estos días ensayo un nuevo proyecto en los salones de un colegio religioso de Caracas. Como suelo llegar temprano a todas mis citas, tengo unos minutos para observar mi entorno. A esa hora, una horda de niños termina un campamento vacacional. Un niño de unos 8 años le comentaba a otro a la salida, “Hoy me viene a buscar mi papá, hace mucho que no lo veo porque se separó de mi mamá, pero hoy viene”. Lo decía con los ojos brillantes y un regocijo que conmovía a las piedras. No pude evitar quedarme allí y esperar junto al pequeño al sujeto que por fin venía hoy. Y sucedió. El niño corrió a su encuentro. Lo abrazó y él le pregunto “¿Cómo está mi príncipe?”. El niño fue en aquel instante feliz, como si un chiste y una pregunta borraran al instante meses de abandono y negligencia.
Me pregunté si era mejor que el sujeto apareciera intermitentemente y le propinara apenas una migaja oportuna de afecto que le provocara la ilusión de ser amado aunque después volviera a desaparecer sin motivo y tuviera el pequeño que fabricarse las razones de no ser digno del amor de su padre, o si era preferible que el hombre desapareciera por completo y tuviera que hacerse la idea de ser huérfano, cosa que si bien erradicaría aquellos destellos de ilusión, también le daría una realidad un tanto más coherente con la cual sobrevivir. Supuse que llegado a la adolescencia el niño tendría mucho más claro quién era su padre y podría hacer los reclamos pertinentes y entender que no es él el del problema, sino aquella patética excusa de padre que su madre le escogió un día, ciega de amor.
Y llegué a ella, la madre. El niño la había borrado del todo durante el encuentro. No era importante. Ella, que se sacrificaba por el, que con toda seguridad lo sacaba adelante con esfuerzo y amor, no tenía protagonismo alguno. Desaparecía por completo ante la visita del padre.
Tamaña injusticia debía tener explicación, me dije, y justo antes de entrar a mi ensayo la vi. La madre del amigo del niño, evidentemente agotada y agobiada, llegaba a buscarlo. No había saludo, no había chiste ni risas. La amargura de la mujer era evidente en el grito de apuro, en la desesperanza y la resignación de su tono, en la corrosiva rutina en la que estaban inmersos. El niño se iba triste porque a él no lo había venido a buscar un peor-es-nada intermitente, sí, pero al menos aparentemente feliz.
Entré a mi ensayo convencido de que un mal padre no es nunca, bajo ningún pretexto, una buena persona. Pero también me quedé pensando en lo peligrosa que puede resultar la amargura crónica de una mujer.

Thursday, February 3, 2011

Flor de Barranco


  
Flor de barranco: dícese de la mujer que todos parecen querer pero ninguno puede alcanzar.

La pendiente del talud es imposible. Lo resbaladizo e inestable del terreno ofrece las dificultades justas. Allá, a lo lejos, en medio de la maleza y las rocas afiladas, una hermosa flor de color brillante es protagonista del paisaje.

De lejos se le admira. Incluso si uno pudiera acercarse a ella, a pesar de las espinas, de sus hojas, que no son uniformes, a pesar del tallo torcido y una que otra mordedura de orugas, continúa siendo bella. Más aún, por encima de lo escarpado del terreno y lo difícil que resulta acceder hasta ella, si pudiéramos tenerla para nosotros, cualquier dificultad habría valido la pena. Pero como la pretenciosa y temerosa flor es como es, cada vez que brota parece escoger un lugar aún más recóndito e inalcanzable. ¿Te suena?

Eres bella, exitosa y hasta flaca. Te cuidas y proyectas al mundo una imagen de salud. Eres exitosa por encima de tu contraparte masculina. Estás, pues, en tu mejor momento y floreces en medio de las más adversas dificultades. Sin embargo, desde hace mucho tiempo estás más sola que la una. Si es tu caso, revisa los puntos que te describo a continuación y determina si sufres del nuevo síndrome de moda entre las súper mujeres venezolanas.

1 “En este país no hay hombres”.
Te escudas en la manida frasecita para justificar que tienes años pelando en el departamento romántico. La verdad es bastante distinta, lamento informarte, porque según la estadística al menos un 40% de los hombres que te topas están libres, y un 30% de ellos hasta es heterosexual. Así que hombres, en el estricto sentido de la palabra, sí hay. Sería interesante que averiguaras las verdaderas razones por las que ninguno de ellos está a tu lado.

2 “Es que no me dan la talla”.
Es otra de las frases de rigor, tras la que se oculta una “flor de barranco”.  Y, en este caso, debo reconocer que tienes más razón que en el punto anterior. Has hecho un esfuerzo extraordinario por convertirte en la proveedora del hogar, probablemente escogiste muy mal al padre de tus hijos y ahora los mantienes, financiera y emocionalmente, sola.

Has ocupado el lugar de tu propio padre irresponsable y posiblemente te ocupas de tu madre y hermanos. En la oficina te has hecho imprescindible y sueles solucionar hasta los problemas de otros para que todo marche. Además, eres experta en taebo o pilates. Superas en resistencia cardiovascular a cualquier hombre de tu generación. Incluso puede que en tus escasos ratos libres seas activista de alguna causa ambiental.

Además de todo esto, y aunque pases de los treinta, tienes la capacidad de engendrar la vida. Todo esto te ha convertido en una súper mujer y constantemente se suman responsabilidades que te hacen sentir única y valiosa. ¿Cómo crees que algún hombre puede darte la talla? Es imposible. No hay ninguno capaz de hacerlo.

3 No tienes espacio en tu vida para un peor-es-nada.
Eso no es que sea necesariamente malo, pero lamento ser yo el que te informe que, por muy buenos que seamos los hombres, por muchas cualidades que tengamos, al ser tú una mujer de expectativas imposibles (como toda mujer) tarde o temprano, a la corta o a la larga, el sujeto termina convertido en un peor-es-nada.

Deja de buscarnos defectos a priori y embárcate en alguna clase de relación con cualquiera de nosotros. Tú, cariño mío, también tienes tus defectos, y quién sabe si hasta peores que los de un hombre promedio, así que sé justa, deja el caprichito y échanos pichón.

4 Ahuyentas a todo el que pretenda entrar en tu mundo.
Y no lo haces con intención, es sólo un mal hábito. Has sufrido, sí, pero como todo el mundo. Mira que una vida sin drama no es vida. No te escudes y no te defiendas antes de que alguien te ataque. Eso es típico de neuróticas e inseguras, y tú no lo eres… ¿o sí?

5 Te has vuelto adicta a la competencia.
No te das cuenta, pero compites con todas las mujeres del mundo. Tu autoestima es tan pobre que necesitas demostrar que eres mejor madre, mejor trabajadora, mejor amante que las demás, que tienes mejor gusto, mejor cuerpo, mejor cerebro.

Como siempre hay una que es más joven y bella que tú, y en algunos casos hasta más eficiente y capaz, tu sentido aberrado de supervivencia se ve amenazado por la súper chica en ciernes, y te dedicas durante un buen tiempo, y a expensas de altas dosis de tu energía, a descalificarla, atacarla y a dañar su reputación.

Los expertos definen este afán tuyo como “triangulación”: La niña, al nacer, emprende con la madre, de forma inconsciente, una especie de batalla por la atención del padre. El germen de esta competencia feroz entre mujeres por la atención de un hombre se hace incluso peor cuando el padre, por el que luchan, es un irresponsable o sencillamente no está. Deja de competir con otras y ponte a revisarte tú. Es más difícil, requiere mucha valentía, pero te aseguro que da mejores frutos.

6 Tienes pánico de que te descubran
Como te dije antes, tienes defectos, como todos, y probablemente muchos más de los que tú misma estás dispuesta a reconocer. La mascarita de autosuficiencia que te has inventado y ese personaje de femme fatal que representas a la perfección para anunciarle al mundo que eres demasiado arrecha y que por eso todos los hombres te tienen miedo, son sólo excusas para disfrazar tus monumentales fallas.

Te recuerdo que son esas fallas, por terribles que te parezcan, las que te definen y te hacen única. Empieza por asumirlas y exponerlas con valentía, y te aseguro que muy pronto vas a dar con un sujeto que te admire por eso y comience a quererte y valorarte exactamente tal y como eres (aunque tú te sigas odiando).

Wednesday, February 2, 2011

Luz, Paz, Armonía y otras drogas


No soy un tipo simpático. Lo reconozco. No me gusta tomarme fotos con gente que no conozco porque no soy Mickey Mouse. No pretendo complacer a nadie buscando que me quieran. No cuento chistes y puedo ser con frecuencia bastante serio, por no decir amargado. Podría hacer un esfuerzo y obedecer a los que dictan eso de que un artista se debe a su público y soportar sonreído que me tomen fotos con el celular cuando ceno con mi esposa o que me interrumpan un paseo privado. Pero la verdad, no me da la gana. Y en cuanto a eso de que me debo al público, puedo asegurarles que en mi trabajo, cuando escribo, cuando estoy en escena, cuando actúo en una película o cuando dirijo una obra, me entrego por entero y me debo absoluta y humildemente a todo el que encuentre algún interés en lo que hago. Pero sólo allí, en mi trabajo. En mi vida privada, la historia es otra. Es mi naturaleza, es el que soy. En fin, que si durante años te he conminado a través de mis escritos a sincerarte para poder entablar charlas auténticas que nos lleven a algún acuerdo, negar lo anterior, disfrazarlo de timidez u omitirlo convenientemente de esta página sería una hipocresía descomunal de mi parte.
Confieso esto porque hoy me apetece sobremanera desenmascarar a unos cuantos que, como está el mundo, supongo que se han vuelto una tribu necesaria. Creo que no exagero si digo que todos nos encontramos varias veces al día con personas de sonrisita elevada que nos anuncian armonía, que nos dan bendiciones, que nos envían luz y amor, y que nombran a Dios cada dos minutos. Al menos a mí últimamente parecen rondarme como una plaga. Desde luego, uno piensa de entrada que eso no tiene nada de malo y que los malos son los que van por la vida maldiciendo y odiando, deseándole la muerte a éste o aquel o desestimando las cualidades de otros sólo por tener posturas distintas. Y hay razón en ello, puesto que efectivamente esa horda de fanáticos irracionales apuestan inequívocamente a la destrucción. Pero al menos son fácilmente identificables. Los otros, sin embargo, van de buenos por la vida y muchas veces nos cuesta creer que tras la sonrisita se esconde la envida, que tras la luz y las bendiciones hay un montón de acciones malignas, y que nombran a Dios a cada rato para convencer y convencerse de que eso los redime de sus pecados.
El problema es que yo, además de antipático, siempre he sido muy mal pensado y honestamente no me compro la mascarita “peace-and-love” con tanta facilidad. Basta ver a estos individuos twittear compulsivamente frases de autoayuda que no aplican en sus vidas para notarles la costura como a una pelota de béisbol. Si vamos un poco más allá y los confrontamos con el hecho innegable de que en la práctica sus acciones son la antítesis de la armonía que predican, reaccionarán frenéticos defendiéndose y atacando de forma desproporcionada. Y si por último les dejamos en evidencia que por mucha paz y mucha luz y mucha divinidad ninguno de ellos tiene en efecto la vida que desea, es inevitable entonces que nos vuelvan el enemigo, el diablo, pues.
Me resulta necesario entonces  pedirles que definamos bien eso de “la armonía”, “la luz”, “la paz”. La armonía para mí no es ocultar los problemas y fingir que todo está bien y que todos nos queremos mucho cuando sabemos que es mentira. La paz no es ensayar la risita frente al espejo para decir luego “no, yo no discuto”. Y la luz, por favor, no puede ser eso que éstos farsantes envían en cadenas de blackberry.
Decirnos las cosas sin miedo, tal como son, propiciar el debate constructivo, enfrascarnos comprometida y responsablemente en discusiones francas que nos permitan sacarnos mutuamente los errores y evolucionar, se me parece mucho más a la paz y a la armonía. Si además, con el ejercicio cotidiano de eso tan exótico como la valiente sinceridad, logramos liberar el debate de nuestros respectivos equipajes emocionales y lo mantenemos dentro de la razón y el sentido común, entonces la cosa se me parece bastante a “la luz”.